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¿Qué es la democracia?

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¿QUÉ ES LA DEMOCRACIA?

Comenzamos pensando en la democracia con varias preguntas…

¿Qué es la democracia? Todos conocemos esa palabra. La usamos con frecuencia, la exigimos, la buscamos. Pocas veces sabemos definirla o describirla, aunque intuimos que es algo bueno, algo importante, algo por lo que las personas están dispuestas a luchar. La democracia es una aspiración, un ideal pero también una manera de tomar decisiones entre los miembros de una comunidad y, a través de ella, regular la convivencia. Esta idea tan sencilla no siempre es compartida por todos y todas. Cada persona puede tener una idea diferente de lo que es la democracia y esto se da porque es un concepto que tiene múltiples significados y dimensiones: como ideal, como forma de vida, como régimen o sistema político, como un conjunto de valores. Sin embargo, que tenga una multiplicidad de significados no disminuye la importancia de una serie de ideas que como ciudadano o ciudadana debes tener cuando participes en política o cuando quieras vivir en un sistema político al que le llamamos “democracia”.

A pesar de su importancia, muchas personas perciben a la democracia como algo lejano, abstracto, inalcanzable e, incluso, como algo que no se entiende muy bien. Otros piensan que es una mala palabra e incluso la rechazan. Muchos no la quieren porque lo que conocen como democracia no satisface sus expectativas y otros porque no les gusta compartir el poder ni que todos participen en la solución de los problemas colectivos. Hay personas que -además- les encanta ponerle adjetivos porque el concepto principal les parece incompleto e insuficiente. Una serie de atributos son usados de manera cotidiana para acotarla (como por ejemplo, democracia delegativa, democracia iliberal, democracia de calidad, democracia débil). Todo esto es bastante común y que haya defensores y detractores de la democracia hace la tarea mucho más difícil de lo que puedas creer.

SABÍAS QUE…

A diferencia de lo que defendemos hoy en día, uno de los principales filósofos de la humanidad, Aristóteles, pensaba que la democracia era una mala forma de gobierno. 

Eso quiere decir que el concepto ha evolucionado con el paso del tiempo que, a diferencia de lo que se creía en la Grecia clásica, ahora es una forma de gobierno deseable y preferible para resolver los conflictos y mantener la paz.

La historia de la democracia es la de un montón de gente exigiendo que se cumplan una serie de derechos (la libertad de expresión, el voto, el derecho de asociación, la libertad de prensa, la libertad de culto, el respeto a las minorías y a las diversidades, el derecho de las mujeres a una vida libre de violencias). Cada día nos ponemos más exigentes y queremos más derechos porque queremos vivir en democracia. Por eso, en nuestra historia, se han ido acordando una serie de derechos y de de obligaciones que las personas tenemos que conocer y cumplir para poder vivir en una democracia.

SABÍAS QUE…

Galería de fotos tomada de El País, “Breve historia de la matanza de Tiananmen, en imágenes”, 3 de junio de 2019.Plaza Tiananmen [Beijing, China, 1989].

Ve el video sobre “30 años de la matanza de Tiananmen”. El País, publicado el 3 de junio de 2019.

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Debido a esta multiplicidad de visiones y de esfuerzos es que hay tantos libros y debates que pretenden  definir qué es la democracia. Incluso muchas personas han dado la vida por defender la democracia en diferentes partes del mundo. Como quienes protestaban en la famosa Plaza Tiananmen en Beijing (China) en 1989 y sostenían la pancarta que decía: “No sé qué es la democracia, pero necesitamos más de ella”.

Trataremos, entonces, de ayudarte a responder esta gran pregunta: ¿qué es la democracia? Vamos a explorar algunas ideas acerca de los principios y valores que las sociedades pretenden realizar a través del establecimiento de la democracia y también vamos a analizar los mecanismos que estas sociedades emplean para resolver las diferencias de posturas e intereses existentes entre sus integrantes. Vamos a pensar sobre la democracia sin olvidar que cuando pensamos en ella también estamos pensando en la política, es decir, en esa práctica o actividad colectiva que regula los conflictos entre los miembros de una comunidad y hace que las decisiones que resultan de la misma sean obligatorias para sus integrantes (Vallès, 2000: 18).

Vivir en una democracia supone pensar que cada uno de los miembros de una comunidad con derecho a serlo, es decir, sus ciudadanos y  ciudadanas, son quienes  toman las  decisiones, quienes ejercen el poder y quienes se benefician del resultado de esas decisiones. También significa que se reconoce la dignidad del ser humano, los derechos de las personas, se promueve el tomar decisiones respetando las diferencias, la pluralidad y la diversidad, impulsando el respeto a la ley y a las libertades de cada uno. De ese modo, la democracia es, al mismo tiempo, un ideal, un régimen político y un conjunto de valores, actitudes y creencias. 

LÍNEA DEL TIEMPO SOBRE DERECHOS HUMANOS Y DEMOCRACIA

EN RESUMEN

  • La democracia es un concepto antiguo que fue evolucionando y recibiendo diferentes significados a lo largo del tiempo.
  • Cuando discutimos la democracia, debemos precisar a cuál de sus posibles significados estamos tomando en cuenta: la de un ideal, un régimen político o un conjunto de valores, actitudes y creencias.

LA DEMOCRACIA COMO UN IDEAL. PRINCIPIOS Y VALORES

La democracia supone principios y valores. Este término tiene su origen en dos palabras del griego: “demos”, pueblo, y “kratos”, gobierno. Podríamos traducirlo entonces como “el gobierno del pueblo”. Esta frase refleja la idea fundamental de la democracia: un modo de gobierno en el cual todas las personas pueden participar en el proceso de toma de decisiones para generar el bien común. Precisamente así fue como el presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln, la definió: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Cuando las personas participan en las decisiones, se puede lograr el bien común, es decir, construir una sociedad en la que cada persona sea libre e igual y donde cada uno pueda realizar su vida conforme a sus deseos y preferencias. En una democracia, cada persona puede pensar y creer en lo que quiera; moverse de una ciudad a otra de manera libre; organizarse con otras personas para expresarse y manifestarse sin temor a que le pase algo y sin que ello suponga necesariamente un delito. Cada persona puede hacer todo eso sin que nadie las condicione ni les diga lo que tienen que pensar o hacer. Esa es la maravilla de vivir en una democracia: que cada uno somos libres de hacer y pensar y que nadie está por encima de los demás.

SABÍAS QUE…

“El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es la frase con la que Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América, definió la democracia en el discurso que pronunció el 19 de noviembre de 1863, en el lugar donde se produjo la batalla de Gettysburg, cuando los estados del norte se enfrentaron a los del sur dentro de la guerra civil que vivió su país entre 1861 y 1865.

La democracia supone principios y valores. Este término tiene su origen en dos palabras del griego: “demos”, pueblo, y “kratos”, gobierno. Podríamos traducirlo entonces como “el gobierno del pueblo”. Esta frase refleja la idea fundamental de la democracia: un modo de gobierno en el cual todas las personas pueden participar en el proceso de toma de decisiones para generar el bien común. Precisamente así fue como el presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln, la definió: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Cuando las personas participan en las decisiones, se puede lograr el bien común, es decir, construir una sociedad en la que cada persona sea libre e igual y donde cada uno pueda realizar su vida conforme a sus deseos y preferencias. En una democracia, cada persona puede pensar y creer en lo que quiera; moverse de una ciudad a otra de manera libre; organizarse con otras personas para expresarse y manifestarse sin temor a que le pase algo y sin que ello suponga necesariamente un delito. Cada persona puede hacer todo eso sin que nadie las condicione ni les diga lo que tienen que pensar o hacer. Esa es la maravilla de vivir en una democracia: que cada uno somos libres de hacer y pensar y que nadie está por encima de los demás.

Cuando vivimos en una democracia compartimos una serie de ideas basadas en el respeto mutuo y en en la posibilidad de que cada uno ejerza su libertad, sin quitar a los otros la posibilidad de también

SABÍAS QUE…

“El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es la frase con la que Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América, definió la democracia en el discurso que pronunció el 19 de noviembre de 1863, en el lugar donde se produjo la batalla de Gettysburg, cuando los estados del norte se enfrentaron a los del sur dentro de la guerra civil que vivió su país entre 1861 y 1865.

ejercerlas. La democracia como cultura política promueve y se fundamenta en una serie de valores como el respeto a la dignidad humana, la tolerancia, el reconocimiento a la diversidad y la solidaridad así como también emplea una serie de habilidades y prácticas como el ejercicio del diálogo para solucionar los conflictos y los problemas de una sociedad.

La libertad, igualdad y la autorrealización son precisamente los valores que la democracia pretende que cada ciudadano y ciudadana puedan realizar. La libertad es un valor que comúnmente asociamos con la capacidad de hacer o pensar lo que queremos.

Cuando vivimos en una democracia compartimos una serie de ideas basadas en el respeto mutuo y en en la posibilidad de que cada uno ejerza su libertad, sin quitar a los otros la posibilidad de también ejercerlas. La democracia como cultura política promueve y se fundamenta en una serie de valores como el respeto a la dignidad humana, la tolerancia, el reconocimiento a la diversidad y la solidaridad así como también emplea una serie de habilidades y prácticas como el ejercicio del diálogo para solucionar los conflictos y los problemas de una sociedad.

SABÍAS QUE…

Un filósofo británico, Harold Laski, sostuvo que la democracia busca crear y mantener “el ambiente en el cual el hombre tiene la oportunidad de ser su mejor versión posible” (1934, 142).

La libertad, igualdad y la autorrealización son precisamente los valores que la democracia pretende que cada ciudadano y ciudadana puedan realizar. La libertad es un valor que comúnmente asociamos con la capacidad de hacer o pensar lo que queremos. Este concepto parece simple, aunque resulta bastante más complicado si lo pensamos más a fondo y en relación con otras personas. ¿Realmente podemos siempre pensar o hacer lo que nos plazca? En nombre de nuestros deseos, ¿somos capaces de hacer cualquier cosa aún cuando esto pueda afectar o limitar los derechos y la capacidad de acción de otras personas? No necesariamente es así de extremo. Entonces, la libertad no es poder hacer cualquier cosa, sino hacer lo que quieras, siempre que no afectes ni limites los derechos de los otros. Aquí está la clave.

La libertad tiene dos dimensiones que los filósofos llaman “libertad de”  y “libertad para”. La primera, “libertad de”, se refiere a la ausencia de los límites externos que pudieran, en manera arbitraria o caprichosa, restringir nuestra capacidad de decidir o hacer. Por ello, los Estados democráticos basan su actuación en la ley, que debe ser siempre objetiva y neutral y que, además, permita tratar de la misma manera a todas las personas. En ese sentido, al someternos al “imperio de la ley”, evitamos los peligros e inconvenientes derivados del uso arbitrario del poder. Algunos filósofos, como Locke o Rousseau, consideraban que solamente de esta manera, sometiéndonos a la ley, podremos lograr la libertad.

SABÍAS QUE…

Un filósofo británico, Harold Laski, sostuvo que la democracia busca crear y mantener “el ambiente en el cual el hombre tiene la oportunidad de ser su mejor versión posible” (1934, 142).

Este concepto parece simple, aunque resulta bastante más complicado si lo pensamos más a fondo y en relación con otras personas. ¿Realmente podemos siempre pensar o hacer lo que nos plazca? En nombre de nuestros deseos, ¿somos capaces de hacer cualquier cosa aún cuando esto pueda afectar o limitar los derechos y la capacidad de acción de otras personas? No necesariamente es así de extremo. Entonces, la libertad no es poder hacer cualquier cosa, sino hacer lo que quieras, siempre que no afectes ni limites los derechos de los otros. Aquí está la clave.

La libertad tiene dos dimensiones que los filósofos llaman “libertad de”  y “libertad para”. La primera, “libertad de”, se refiere a la ausencia de los límites externos que pudieran, en manera arbitraria o caprichosa, restringir nuestra capacidad de decidir o hacer. Por ello, los Estados democráticos basan su actuación en la ley, que debe ser siempre objetiva y neutral y que, además, permita tratar de la misma manera a todas las personas. En ese sentido, al someternos al “imperio de la ley”, evitamos los peligros e inconvenientes derivados del uso arbitrario del poder. Algunos filósofos, como Locke o Rousseau, consideraban que solamente de esta manera, sometiéndonos a la ley, podremos lograr la libertad.

La segunda, la “libertad para”, se refiere a nuestra capacidad de hacer, de actuar, de tener control sobre nuestras vidas y realizar nuestras metas o sueños. Este tipo de libertad puede verse afectada, ya no por los límites legales o restricciones arbitrarias impuestas por alguien sobre nosotros, sino por las condiciones de vida en las que nos encontramos. Si somos pobres, si vivimos en las afueras de una ciudad muy grande, si no pudimos estudiar y tener acceso a un trabajo remunerado o tenemos algún problema de salud, nuestras oportunidades de ser libres se verán limitadas.

La situación particular de cada persona afecta entonces las posibilidades que uno tiene de ser libre: el vivir en la ciudad o en el campo, ser rico o pobre, ser hombre o mujer, ser sano o tener algún problema de salud, son solo algunos factores que pueden limitar nuestra capacidad de elegir libremente qué vida queremos llevar. Para una sociedad democrática es importante que estos elementos no tengan un peso decisivo en las vidas de las personas, que no les restrinjan y no les impidan desarrollarse plenamente.

Esto nos lleva a pensar en otro de los valores fundamentales para la democracia: la igualdad. La igualdad implica que reconocemos a todas las personas como iguales, es decir, como igualmente valiosas, sin importar cualquier diferencia que pudiera existir entre ellas (como el género, la etnia, el idioma, la religión, el estatus, la riqueza, la nacionalidad, el estado civil, entre otras). Debemos tratar a todas las personas como nuestros iguales y, además, en una democracia, debemos asegurar que todas tengan las mismas oportunidades y posibilidades de participar en la toma de decisiones y en el ejercicio del poder. 

SABÍAS QUE…

Para John Rawls, un filósofo moral estadounidense, era claro que es obligación de un gobierno democrático implementar las medidas necesarias para que “las necesidades básicas de un ciudadano [o ciudadana] sean satisfechas, cuando menos en la medida en que su satisfacción es necesaria para que los ciudadanos entiendan y puedan ejercer fructíferamente esos derechos y esas libertades [fundamentales]”(Rawls 2004, I, 1).

SABÍAS QUE…

Rousseau, un filósofo suizo del siglo XVIII, decía que la igualdad era indispensable para la formación de una sociedad democrática. En su visión, la igualdad significaba que nadie debía ser tan rico como para poder comprar al otro y nadie tan pobre como para querer venderse. 

La igualdad se asocia no solamente con ser iguales frente a la ley y al gobierno, sino que implica la necesidad de asegurar que las desigualdades  educativas, económicas y sociales  en una  sociedad no sean demasiado grandes. Las desigualdades extremas pueden  sean demasiado grandes. Las desigualdades extremas pueden excluir a las personas de la vida de la comunidad y de la participación en las decisiones públicas y ello, a su vez, hace que la democracia se vuelva débil y no cumpla con sus objetivos. Las sociedades democráticas pretenden eliminar las desigualdades extremas y garantizar que todas las personas tengan, por lo menos, las condiciones mínimas para desarrollar una vida digna.

La libertad y la igualdad han sido consideradas, por algunos pensadores, como valores opuestos que entran en conflicto. La igualdad, cuando es vista como uniformidad, nivelación o aplastamiento de las aspiraciones personales puede ser vista como enemiga de la libertad. Sin embargo, no es este tipo de igualdad la que busca una democracia.

Las sociedades democráticas celebran la pluralidad y la diversidad,  por lo que no  pretenden uniformar a todas las personas y despojarlas de las características que las hacen únicas y

diferentes frente a los demás. Lo que sí pretenden hacer es reducir las desigualdades  que impide a las personas la  realización de sus derechos de autodeterminación. Para ello se necesita la igualdad civil (en los derechos civiles), la igualdad política (en los derechos políticos), la igualdad liberal (en los derechos de libertad) y la igualdad social (en los derechos sociales).

SABÍAS QUE…

Rousseau, un filósofo suizo del siglo XVIII, decía que la igualdad era indispensable para la formación de una sociedad democrática. En su visión, la igualdad significaba que nadie debía ser tan rico como para poder comprar al otro y nadie tan pobre como para querer venderse. 

La igualdad se asocia no solamente con ser iguales frente a la ley y al gobierno, sino que implica la necesidad de asegurar que las desigualdades  educativas, económicas y sociales  en una  sociedad no sean demasiado grandes. Las desigualdades extremas pueden  sean demasiado grandes. Las desigualdades extremas pueden excluir a las personas de la vida de la comunidad y de la participación en las decisiones públicas y ello, a su vez, hace que la democracia se vuelva débil y no cumpla con sus objetivos. Las sociedades democráticas pretenden eliminar las desigualdades extremas y garantizar que todas las personas tengan, por lo menos, las condiciones mínimas para desarrollar una vida digna.

La libertad y la igualdad han sido consideradas, por algunos pensadores, como valores opuestos que entran en conflicto. La igualdad, cuando es vista como uniformidad, nivelación o aplastamiento de las aspiraciones personales puede ser vista como enemiga de la libertad. Sin embargo, no es este tipo de igualdad la que busca una democracia.

Las sociedades democráticas celebran la pluralidad y la diversidad,  por lo que no  pretenden uniformar a todas las personas y despojarlas de las características que las hacen únicas y diferentes frente a los demás. Lo que sí pretenden hacer es reducir las desigualdades  que impide a las personas la  realización de sus derechos de autodeterminación. Para ello se necesita la igualdad civil (en los derechos civiles), la igualdad política (en los derechos políticos), la igualdad liberal (en los derechos de libertad) y la igualdad social (en los derechos sociales).

La autorrealización personal también es un valor importante para la democracia. Su objetivo es que las personas tengan suficiente autonomía para decidir qué vida quieren llevar, tomar sus decisiones en función de la elección que realizaron y poder llevarlas a cabo de manera efectiva. Podemos decir que la autorrealización tiene que ver con su capacidad de  poder  desarrollar una vida  significativa:  poder vivir una vida larga y feliz, en buena salud, en condiciones de seguridad y paz,  disfrutando de la naturaleza, del contacto con otras personas y del esparcimiento, pudiendo tomar decisiones autónomas para definir su futuro y el de su comunidad. Para que eso sea posible, todas las personas deben contar con condiciones mínimas necesarias que aseguren sus posibilidades reales de hacerlo.

A esta altura debemos preguntarnos… ¿es posible realizar estos ideales? ¿Resulta viable construir una sociedad en la que todas las personas puedan ser realmente libres e iguales? Todos los ideales, incluyendo la democracia, no pueden ser realizados totalmente: su plena realización supone una utopía o creación de una sociedad perfecta. Sin embargo, aunque no sean plenamente realizables, los ideales que encarna la democracia pueden ser satisfechos, es decir, pueden ser realizados en un grado muy alto. Por ello decimos que la democracia es un ideal que se construye cada día y que nunca es un sistema acabado.

SABÍAS QUE…

Para el filósofo y politólogo italiano Norberto Bobbio, “igualdad en la libertad: significa que cada cual debe gozar de tanta libertad cuanto sea compatible con la libertad ajena y puede hacer todo aquello que no daña la libertad de los demás” (1993, 41).

SABÍAS QUE…

Martha Nussbaum considera que es responsabilidad del Estado y de la sociedad tomar las acciones necesarias para “…hacer posible que las personas vivan vidas plenas y creativas, desarrollen su potencial y formen una existencia significativa acorde con la igualdad de dignidad humana de todos los individuos” (2012, 216).

La democracia entonces se construye a partir de valores y principios. Es la única forma de organización social que debe su existencia a los valores; sin ellos se vuelve vacía de contenido. La democracia es una tensión permanente entre lo que es y lo que debiera ser, y los intentos de alcanzar el ideal son lo que nos permiten avanzar hacia la construcción de una sociedad más libre, igual y solidaria, en la que las personas pueden construir una vida plena y feliz. Por eso está en constante construcción y trabajamos todos los días para mejorarla.

EN RESUMEN

La democracia como un ideal supone una serie de valores y principios como:

  • el ejercicio de la libertad
  • el ejercicio de la igualdad
  • la posibilidad de autorrealización personal

LA DEMOCRACIA COMO RÉGIMEN POLÍTICO. ELECCIONES, PROCEDIMIENTOS Y DECISIONES

La democracia electoral o procedimental también es un régimen político, es decir, una serie de reglas que establecen la manera en que decidimos sobre los temas que nos interesan a todos los que integramos una comunidad (o, en su caso, a quiénes están autorizados por las leyes a decidir y tienen la condición de ciudadanos y ciudadanas). Cuando las decisiones públicas son resultado de la participación directa de las ciudadanas y los ciudadanos se dice que vivimos en democracia. De esa manera, la democracia supone la posibilidad de que cada uno de nosotros decida sobre las cosas públicas: sobre quién gobierna, sobre cómo se gobierna y sobre las políticas que uno quiere que impulse su gobierno.

En todo régimen político democrático las elecciones son el procedimiento que permite elegir a nuestros gobernantes y también a las políticas que queremos que ellos impulsen a través del voto. El voto es una de las herramientas que tenemos para manifestar nuestra opinión, expresar nuestras preferencias, apoyar a nuestros candidatos favoritos pero también castigarlos a través de las urnas cuando queremos que dejen de gobernar. Esta es la manera que tenemos, como ciudadanos y ciudadanas, para decirles a los otros lo que pensamos y lo que queremos respecto a cómo procesar los conflictos y las diferencias existentes en nuestra sociedad. Por eso votar es clave, para que nuestra voz importe y para poder incidir en cómo se deciden y se hacen las cosas en un sistema político democrático.

En ese escenario, los partidos políticos son actores centrales en el funcionamiento de los sistemas democráticos. Estos son grupos de personas que compiten en las elecciones y hacen que sus miembros accedan a cargos de representación popular según el profesor italiano Giovanni Sartori. Los partidos proponen ideas y presentan candidaturas a cargos de representación popular. Y nosotros, las ciudadanas y los ciudadanos, votamos. Estos cumplen con diversas tareas que facilitan la salud de esa democracia: son un instrumento porque encauzan la participación de la ciudadanía, organizan las preferencias políticas y los conflictos de la sociedad y colaboran en el proceso de designación de autoridades en el sistema político. De ese modo, los partidos actúan en el interior de la sociedad y en las instituciones del sistema político.

SABÍAS QUE…

Para Robert Michels los partidos cuentan con un poder único concentrado en una oligarquía, lo que hace que estén en constante contradicción con los principios democráticos. El autor italiano, en su obra publicada en 1911, denunció que las organizaciones partidistas tenían en su interior el germen de la oligarquía.

Esto no significa que los partidos políticos sean los únicos vehículos dispuestos a acceder o participar en el sistema sino que, tradicionalmente, han sido los canales que el sistema político ha previsto para que funcionen como una correa de transmisión de demandas y apoyos de nosotros hacia ellas. Es verdad que existen múltiples grupos que pueden estar interesados en acceder o influir sobre las instituciones del sistema. En este sentido, los partidos funcionan como canales de expresión de demandas, como puentes entre la sociedad y el Estado y como instrumentos que hacen operativo al sistema político.

La ausencia de partidos políticos cuestiona la propia idea de que se viva en una democracia. Es más, las democracias modernas son impensables sin la participación libre y activa de estas organizaciones políticas. El gobierno representativo se quedaría sin sus actores principales y la sociedad sin sus vehículos tradicionales de integración y agregación de intereses si no existieran los partidos políticos, permitiendo la participación de personas que buscan ellas solas representar los intereses de las mayorías.

El hecho de que los partidos sean actores indispensables para el funcionamiento de la democracia no significa que sean respetados o queridos ni que los ciudadanos y las ciudadanas valoren constante y positivamente el modo en que los políticos y sus partidos trabajan, gestionan la cosa pública y/o los representan. Las principales críticas modernas que la ciudadanía manifiesta con relación a los partidos tienen que ver con el hecho de que sienten que los partidos no representan sus intereses y que además están cada vez más lejos de los problemas de la gente. 

SABÍAS QUE…

Para Robert Michels los partidos cuentan con un poder único concentrado en una oligarquía, lo que hace que estén en constante contradicción con los principios democráticos. El autor italiano, en su obra publicada en 1911, denunció que las organizaciones partidistas tenían en su interior el germen de la oligarquía.

Esto no significa que los partidos políticos sean los únicos vehículos dispuestos a acceder o participar en el sistema sino que, tradicionalmente, han sido los canales que el sistema político ha previsto para que funcionen como una correa de transmisión de demandas y apoyos de nosotros hacia ellas. Es verdad que existen múltiples grupos que pueden estar interesados en acceder o influir sobre las instituciones del sistema. En este sentido, los partidos funcionan como canales de expresión de demandas, como puentes entre la sociedad y el Estado y como instrumentos que hacen operativo al sistema político.

La ausencia de partidos políticos cuestiona la propia idea de que se viva en una democracia. Es más, las democracias modernas son impensables sin la participación libre y activa de estas organizaciones políticas. El gobierno representativo se quedaría sin sus actores principales y la sociedad sin sus vehículos tradicionales de integración y agregación de intereses si no existieran los partidos políticos, permitiendo la participación de personas que buscan ellas solas representar los intereses de las mayorías.

El hecho de que los partidos sean actores indispensables para el funcionamiento de la democracia no significa que sean respetados o queridos ni que los ciudadanos y las ciudadanas valoren constante y positivamente el modo en que los políticos y sus partidos trabajan, gestionan la cosa pública y/o los representan. Las principales críticas modernas que la ciudadanía manifiesta con relación a los partidos tienen que ver con el hecho de que sienten que los partidos no representan sus intereses y que además están cada vez más lejos de los problemas de la gente. 

La percepción generalizada es que los partidos suelen representar más sus intereses particulares (o de su grupo) que los intereses de la gente. También se cree que a los partidos les han surgido nuevos competidores como agentes de socialización, por ejemplo, los medios de comunicación de masas o las organizaciones no gubernamentales; que han perdido su condición de principales agentes de movilización social frente a otros como los nuevos movimientos sociales y los medios de comunicación de masas pero continúan siendo los vehículos de la relación entre sociedad y Estado.

LAS PRINCIPALES CRÍTICAS QUE LA CIUDADANÍA HACE A LOS PARTIDOS POLÍTICOS SON:

  • Los políticos sólo buscan su propio interés y no me representan.
  • Los políticos son todos unos corruptos.
  • Los políticos sólo quieren votos (más que desarrollar políticas para todos).
  • Los políticos no son confiables.
  • Los partidos son poco transparentes y sólo defienden a los suyos.
  • Los partidos sólo sirven para dividir y enfrentar a la sociedad.

Si bien sin elecciones no hay democracia, no se trata de hacer cualquier tipo de elecciones. Esas elecciones deben ser libres, justas y competitivas. En estos procesos cada persona debe tener derecho a un voto, que es personal e intransferible. Cada uno de los miembros de la comunidad debe poder expresar libremente sus preferencias (sin que nadie lo obligue a decir o hacer una cosa u otra). Todos los que quieran participar como candidatos y candidatas puedan hacerlo y los que quieran expresarse también puedan hacerlo en igualdad de condiciones. De esta manera, todos deben poder participar sin que nadie ni nada los condicione o limite.

Robert Dahl pensaba que, dado que la democracia es un ideal con sus principios y valores que resulta difícil de alcanzarse, creó en la década de 1970 el concepto de “poliarquía”. Con este término describió a los sistemas políticos que, sin alcanzar el ideal democrático, se acercan bastante a él, porque cumplían con sus requisitos básicos. En una poliarquía todo gobierno debe responder a las preferencias o demandas de su ciudadanía a partir de la procurar la igualdad de oportunidades para formular preferencias; manifestar públicamente dichas preferencias ante sus partidos y ante el gobierno individual y colectivamente y recibir por parte del gobierno igualdad de trato, sin importar sus preferencias políticas. La poliarquía también puede ser pensada como una democracia electoral o procedimental.

 EN RESUMEN

Para que el régimen político de un país pueda ser considerado como una poliarquía deben darse una serie de condiciones como las siguientes:

  • Las autoridades públicas llegan a sus cargos por medio de elecciones.
  • Las elecciones son libres, limpias y competitivas.
  • El sufragio es universal.
  • Todo el que quiere votar puede hacerlo.
  • Todo el que quiere participar como candidato/a puede hacerlo.
  • Existe libertad de expresión y de asociación.
  • Hay acceso a diversos medios de comunicación de masas.
  • Existe confianza en el proceso electoral y la permanencia de las libertades.
  • Se respetan los períodos que duran los mandatos.
  • Existe un árbitro que organiza las elecciones de manera imparcial.

LA DEMOCRACIA COMO CULTURA POLÍTICA. ACTITUDES Y CREENCIAS

La democracia supone una serie de actitudes y creencias. Una actitud es una predisposición u orientación que cada individuo tiene y que ha interiorizado previamente durante su vida. Las actitudes funcionan como un filtro respecto a lo que ocurre en nuestro entorno, ya que nos facilitan entender las situaciones, los mensajes y las conductas de los otros así como también nos ayudan a que cada uno podamos actuar y comportarnos de una determinada manera en relación al sistema político. De ese modo, las actitudes son las antesalas de nuestras conductas.

FIGURA 1: ACTITUDES

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Fuente: Vallès (2000: 247).

Las actitudes políticas son importantes porque nos ayudan a entender y pensar el sistema político. Estas no son congénitas ni innatas. No nacemos demócratas pero tampoco autoritarios. Es decir, no nacemos con un determinado tipo de actitudes y nadie ha demostrado que nuestros génes nos condicionen a favor o en contra de la democracia. Las actitudes son adquiridas y se van formando a lo largo de nuestra vida. De este modo, el hecho de que las actitudes sean resultado de nuestra formación, de lo que leamos y de las experiencias que tengamos que tengamos hace tan importante todo lo que aprendamos de pequeños. Esto es  así  porque tus  ideas  iniciales sobre  la  democracia, sobre  cómo tomar  decisiones o sobre lo que es legítimo (o no) en la vida política irán moldeando filtrando y  acompañando, tu manera de pensar las instituciones y el sistema político durante toda tu vida.

DEMOCRACY

Universidad de Navarra. Democracy. Your voice. Your video. 12 de febrero de 2009, 2’58’’.

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Cada uno de nosotros puede llegar a identificarse con un determinado sistema de actitudes o predisposiciones. Muchas veces compartimos ese sistema de actitudes con nuestros amigos, con nuestros padres e incluso con nuestros vecinos. Precisamente, la cultura política es una particular distribución de un conjunto de orientaciones de la población hacia los objetos del sistema político que se manifiestan de manera estable y persistente y, si cambian, lo hacen de manera gradual.

La cultura política está integrada por un conjunto particular de actitudes que pueden ser de diferente tipo como las actitudes cognitivas, es decir, el conocimiento y las creencias que tenemos sobre las cosas, una situación, una política, una institución o un personaje; las actitudes afectivas, como los sentimientos y las reacciones emocionales que tenemos sobre los objetos políticos (y que hacen sentir rechazo, afecto, indiferencia ante una idea, un emblema o una persona); y, las actitudes evaluativas, aquellos juicios de valor que elaboramos sobre las cosas y, especialmente, sobre el funcionamiento del sistema político (aprobación/desaprobación; positivo o negativo).

SABÍAS QUE LAS ACTITUDES SON COMO LAS GAFAS DESDE DONDE TODOS NOSOTROS OBSERVAMOS, CONOCEMOS O EVALUAMOS A LOS SISTEMAS POLÍTICOS EN RELACIÓN A CUATRO COSAS:

  • el sistema político y sus componentes, como las normas, los procedimientos, las leyes, las instituciones (poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial), los símbolos (banderas, himnos, festividades, actos ceremoniales), los actores colectivos (partidos, sindicatos, grupos de interés, iglesias, medios), los líderes y dirigentes políticos; 
  • los inputs o aportaciones al sistema, las diferentes formas de intervención en la política, tanto convencionales -militancia, voto, opinión, petición- como no convencionales -actos de protesta, ocupación, violencia, entre otros;
  • los outputs o rendimientos del sistema, como las diferentes políticas sectoriales, las prestaciones y las obligaciones que suponen para individuos y grupos;
  • la manera en que cada sujeto (nosotros) y los demás actores perciben el lugar que ocupan en el proceso político, atribuyéndoles una mayor o menor influencia o eficacia política.

Cuando los ciudadanos y ciudadanas conocemos esos elementos del sistema político (las reglas, las instituciones y/o los procesos políticos), creemos que son legítimos y que son buenas vías para canalizar nuestra participación (lo hacemos activamente) y evaluamos positivamente su funcionamiento tenemos un determinado tipo de cultura política que se llama cultura cívica, es decir, un sistema de valores, actitudes y creencias que llevan a las personas a involucrarse de manera activa, informada y corresponsable en la construcción del bienestar colectivo.

El tipo de cultura política predominante en una sociedad resulta muy importante porque condiciona el rendimiento del sistema político, como lo ha demostrado el sociólogo y politólogo Robert Putnam en su importante libro “Para que las democracias funcionen”. Esto es así porque esas pautas dominantes son las que orientan la conducta de los actores políticos y sociales y les inducen a reaccionar de una manera u otra frente a las situaciones. La cultura política ayuda a comprender la manera en que reaccionamos frente a las cosas, nuestra tendencia al conflicto o, en su caso, a la resolución de un conflicto. Si una cultura dominante se ajusta a las necesidades del sistema político, entonces, no hay ningún problema porque se refuerzan constantemente (sistema político y cultura política). Pero si no es así, lo más probable es que haya conflicto constante.

Un aspecto clave de las pautas culturales de una sociedad está en su capital social, es decir, en el conjunto de normas sociales de reciprocidad, confianza, redes y conexiones formales e informales existentes entre los individuos. El capital social puede afectar los niveles de desarrollo económico y la calidad de las instituciones. Cuando una sociedad tiene un alto capital social, significa que los individuos están muy interesados y dispuestos a la acción colectiva, cuentan con altos niveles de confianza interpersonal, ganas de cooperar en la aplicación de las políticas públicas y de impulsar los intereses de la comunidad.

La cultura política es una dimensión colectiva. No existe una cultura política sólo para cada individuo sino que la cultura política tiene que ver con las actitudes y orientaciones dominantes de un grupo. Ahora bien, puede haber diversos grupos que se diferencian entre sí por criterios de lengua, origen étnico, religión o clase social dentro de una comunidad. En este caso estaríamos hablando de subculturas políticas, es decir, sistemas de actitudes que se distinguen claramente e incluso que se contraponen entre sí y que las defienden grupos específicos de personas frente a otras que no las comparten dentro de esa misma comunidad. Por ejemplo: grupos generacionales, ámbitos territoriales, clases sociales, élites políticas, partidos políticos, por mencionar algunos.

La reproducción de culturas y subculturas no es un hecho espontáneo, ni homogéneo ni inmutable. Es muy importante el papel de los agentes de socialización encargados de transmitir pautas de comportamiento y conductas específicas y, además, de justificar su conveniencia. En el proceso de formación de las actitudes tienen un peso fundamental las experiencias vitales que tengamos desde nuestra infancia y juventud. Por ejemplo, el modo en que se toman las decisiones en casa y el tipo de autoridad que predomina en la familia tendrán un impacto importante en nuestra manera de tomar decisiones en el futuro. También el impacto de haber vivido durante la adolescencia en un período de guerra civil, en donde había opresión colonial o en un régimen político no democrático, donde no había libertades ni capacidad de opinar, afectará la formación de nuestras actitudes y creencias.

Nuestra pertenencia a un determinado grupo o colectivo, con sus valores específicos, también afecta nuestra cultura política. La pertenencia a un grupo donde hay un determinado predominio de un modelo cultural (construido sobre la base de creencias, valores e ideologías) hace que el individuo apele a ese modelo cultural para responder a los estímulos políticos. Por ejemplo, formar parte de un grupo profesional (trabajadores asalariados del sector minero, los agricultores); profesar una determinada fe religiosa (católicos, musulmanes, cristianos, judíos, entre otras) hace que las personas que integran ese colectivo tengan un conjunto determinado de valores y  actitudes  que orientan su acción. Finalmente, las instituciones  pueden tener  influencia sobre los  valores y  actitudes  de las personas. Por ejemplo, el funcionamiento continuado de la democracia tendrá un efecto positivo sobre nosotros y nuestra manera de entender, exigir y participar en el sistema democrático.

Muchos agentes sociales intervienen en nuestro proceso de socialización e influencian la manera en que pensamos. Ellos  funcionan como intermediarios entre nosotros y nuestro entorno transmitiendo, reforzando o cuestionando las actitudes. Entre esos agentes se encuentran la familia, la escuela, el grupo de amigos y amigas, la iglesia, los medios de comunicación y nuestros compañeros y compañeras de trabajo. En el proceso de socialización primaria, la  familia  es  clave  ya  que transmite valores y actitudes a las nuevas generaciones y desde allí donde se  asilmilan  los roles de género, es decir, el conjunto de normas sociales y comportamentales generalmente percibidas como apropiadas para los hombres y las mujeres en un grupo o sistema social dado en función de la construcción social que se tiene de la masculinidad y feminidad.

ESTEREOTIPOS Y ROLES DE GÉNERO

Cooperación Alemana, Giz y Programa Regional ComVoMujer, 2 de octubre de 2017, 4’22’’.

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Nuestra familia nos transmite las expectativas que tienen sobre nuestros comportamientos asociados a la feminidad y a la masculinidad así como también unas expectativas políticas diferenciadas. La manera en que se dé nuestra socialización primaria impactará también sobre nuestra participación política en la comunidad en la que vivimos. En ese sentido, una deuda pendiente que tenemos como sociedad aún es el modo en que se socializa en base a roles de género, generando diferencias en las creencias y actitudes sobre la política entre hombres y mujeres. A partir de esos procesos, las mujeres tienden a aparecer como personas más pasivas que los hombres, con menos interés en la política, menos participativas, donde ellas se ven a sí mismas como menos calificadas para presentarse como candidatas a cargos públicos que los hombres. El resultado de este tipo de formación dificulta la plena incorporación de las mujeres a la política democrática y a la construcción de democracias paritarias.

EN RESUMEN

En su libro sobre “La cultura cívica” (1963), Gabriel Almond y Sidney Verba identificaron tres tipos de culturas políticas tras estudiar las actitudes de cinco países: Alemania Federal, Gran Bretaña, Italia, México y Estados Unidos:

  • una cultura cívica o participativa, que es la que comparten individuos que están inclinados a introducir sus demandas en el proceso político, a intervenir directa o indirectamente en el mismo y a influir en el gobierno y sus decisiones (inputs);
  • una cultura de súbdito, que es la que comparten quienes están atentos a las decisiones que toma el gobierno (outputs) pero que no participan, no están interesados en introducir demandas o no buscan influir en las decisiones que toma el gobierno;
  • una cultura localista o parroquial, que se refiere a quienes tienen una vaga referencia o conocimiento del sistema político o que incluso llegan a negar su existencia.
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